Teatro para no olvidar | Perfil


Los temas nunca están antes de escribir y siempre llegan a su tiempo. A veces, se presentan desde el primer momento; otras, se van haciendo más claros a medida que escribo. Siempre tienen que ver con todo aquello que me moviliza, me preocupa y me inquieta. En el caso de Telefonistas, lo que se fue ajustando fue el día en que sucede la ficción: unos días antes, un día antes… No. Esta obra sobre unas telefonistas que trabajan en Casa Rosada sucede, exactamente, el 16 de junio de 1955; para más datos, el día del bombardeo a Plaza de Mayo.
Hay hechos que convocan con sus aniversarios y disparan la realización de eventos, charlas, películas u obras de teatro. Es el caso del asesinato de Federico García Lorca a manos de los fascistas, crimen del que se conmemoran noventa años en apenas un par de meses.
Hay otros hechos que convocan con sus aniversarios pero que, además, se recuerdan cada año, sin importar si se cumplen números redondos, como la conmemoración del 24 de Marzo con su marcha anual, a la que la mayoría asistimos o adherimos.
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El atentado terrorista que fue el bombardeo a Plaza de Mayo, con sus más de trescientos muertos y más de mil heridos, pertenece a ese tipo de acontecimientos históricos que buena parte del arco político y de la sociedad prefieren ignorar, seguramente con el deseo de que, cuanto más se ignore, más cerca se esté de olvidarlo.
No es casual que el año pasado se hayan cumplido setenta años del bombardeo y la fecha haya pasado casi desapercibida. No es casual, teniendo un gobierno nacional de este perfil ideológico. Este gobierno, permanentemente ocupado en acusar de comunista a cualquiera que no piense como él, ataca con virulencia la violencia política de izquierda de los años 70, al tiempo que ignora —y así casi reivindica— el terrorismo de Estado o la Triple A, a la que, extrañamente, nunca nombra. Lo mismo sucede con el bombardeo y con las consecuencias criminales de la Revolución Libertadora. No las ignoran: eligen esconderlas porque, quizás, las justifican.
La historia está para ser recordada, para mantenerla viva, para no repetirla. El arte, estoy seguro, es uno de los caminos para afianzar la memoria y luchar para que todo aquello que, desde el poder, quiere ser olvidado permanezca presente o reviva. Al menos, ese es el arte, de cualquier género, que más me moviliza como espectador y que más me interesa abordar en este momento.
Algo de eso hay en el teatro que escribo y llevo a escena. El teatro como llamada de atención, como alerta, como señal de aviso al espectador. En ocasiones, para mostrar a esos personajes que, nacidos en distintas épocas, con distintos apellidos y distintos nombres, representan, de todas maneras, los mismos intereses a través del tiempo. Señalar las mezquindades y el individualismo de cierta oligarquía del siglo XIX es señalar las mezquindades y el individualismo de cierta oligarquía de hoy. Lamentablemente, señalar los méritos intelectuales del liberalismo del siglo XIX (Sarmiento, Alberdi, Cané) no nos permite encontrar un correlato en el libertarismo de hoy, que ha convertido a los intelectuales de la Generación del 80 en violentos tuiteros del siglo XXI. Una vez más, en nuestro país, la realidad como farsa.
Telefonistas se adentra en el pantano de uno de los hechos más horrendos de nuestra historia, antecedente, sin duda, de los horrores del terrorismo de Estado perpetrado entre 1976 y 1983, en tanto ambos tienen en común el ataque impiadoso —tan católicos todos ellos— contra la sociedad civil. Como aquel día de 1955, como la vida misma, la obra transita, poco a poco, desde la natural rutina de cualquier jornada hacia el inesperado horror que cambiará para siempre la historia de quienes lo vivan. Eso es, quizás, lo que hoy debería alertarnos: que la tragedia no nos sorprenda, tan habituados como estamos a la superficialidad en la que nos hunde este siglo.
*Autor y director de Telefonistas. Viernes, 20.30 hs, Centro Cultural de la Cooperación (Av. Corrientes 1543, CABA).
Fuente: www.perfil.com



